Te contaré la historia, descabellada y triste, del científico
loco Cornelio van Kerrinken. Te hablaré de la bruja más bruja que ha
existido y del ogro más malo. Esta noche es de árboles, mi jardín
perfumado.
En Bombay conocí al hombre girasol, un monstruo ciego y flaco de
piernas atrofiadas. Buscando claridad, una cierta mañana, ese hombre
silencioso alzó la vista al sol. Al principio lloraba, sus ojos le
dolían, algunos aseguran que era posible oír como se achicharraban.
Pero el hombre girasol no se rindió. Mantuvo la tenacidad de su
mirada puesta en el astro rey. Siguió su ascenso hasta la cúpula del
mediodía.
Lo vio disminuirse hasta la noche con un gesto ardoroso y
triunfal. Muchos pensaron que ahí acababa todo. Pero al día
siguiente apareció de nuevo, se sentó en el mismo sitio, y esperó la
salida del sol. Al final de ese día estaba ciego. Los curiosos lo
vieron moverse titubeante como un pollo recién salido del cascarón.
Supieron que tendrían que ayudarlo a levantarse, que tendrían que
cargarlo hasta su casa.
"Mañana, temprano", gritó el hombre cuando todos se alejaban.
Cuando lo conocí, llevaba quince años cumpliendo su cita cotidiana.
Sus vecinos se turnaban para traerlo y llevarlo. Ya no había
altanería en sus gestos. Ya ni siquiera hablaba. Sólo cumplía con
gozo contenido la tarea de seguir la tibieza con el rostro.
En Birmania encontré a un hombre en cuyas manos hacían nido los
pájaros. Un jueves de noviembre, este hombre caminaba muy cerca de
su casa cuando sintió deseos de rascarse la axila. Quizá exageró un
poco y elevó todo el brazo, quizá encontró placer en rascarse y
rascarse. Lo cierto es que mantuvo su mano muy en alto el tiempo
suficiente para que un arrendajo pensara que esa mano era el lugar
preciso para armar una casa.
El pájaro probó la consistencia de esa rama, notó que vibraba
pero que parecía firme y salió apresurado a buscar un hierbajo. El
hombre no recuerda por qué mantuvo el brazo en alto. A veces piensa
que no había terminado de rascarse, que rascarse era cada vez más
delicioso y que ni siquiera notó las primeras visitas del
arrendajo.
Cuando quiere dar fe a esta versión de los hechos, concluye que
cuando terminaba de rascarse notó que el nido ya estaba avanzado
y sintió que era su deber seguir así hasta que los críos nacieran y
volaran. Cuando está de otro ánimo, cuando quiere otorgarle a su
vida otro sentido, el hombre recuerda haber notado al arrendajo
desde la primera vez.
Ya ni siquiera tenía ganas de rascarse, pero mantuvo el brazo en
alto porque supo, súbitamente, como si un relámpago lo hubiera
iluminado, que su papel sobre la tierra consistía en acoger en sus
manos los nidos de los pájaros.
Cuando los nuevos pajaritos volaron, el hombre decidió que era
hora de bajar el brazo. Pero no pudo hacerlo. Todas sus coyunturas,
desde el hombro hasta las falanges, parecían soldadas. Es posible
que hubiera podido restituirle el movimiento a su extremidad, si
antes no hubiera llegado un sinsonte y no hubiera notado en su mano alzada las propiedades
ideales, y hasta la materia prima, para hacer un nido.
El hombre también tiene dos recuerdos sobre la forma como su otro
brazo terminó acogiendo nidos. En su primer recuerdo, la indignación
lo llevó a su condición actual. Cuando el sinsonte empezó a
recomponer el nido del arrendajo, el hombre alzó el otro brazo al
cielo en señal de protesta, o al menos de pregunta, con tan mala
suerte que en ese momento pasó un azulejo y decidió que esa mano
levantada era apropiada para construir un nido.
Según su otro recuerdo, cuando vio lo que hacía el sinsonte, el
hombre volvió a tener una revelación sobre su tarea y alzó el brazo
libre hacia el cielo en espera de otro pájaro. Ahora este hombre
nunca baja los brazos. Cuando lo visité me pidió que lo rascara un
poco en la axila derecha, cosa que hice lo mejor que pude. Al final
de nuestro encuentro, levantó sus cejas muy tupidas para decirme
adiós.
Cuando ya me daba por vencido, cuando empezaba a creer con
firmeza que Mia Swenson había mentido o delirado, que no había tal
país de tales árboles, cuando ya empezaba a ir y venir de un lado a
otro de la tierra –como antes fui entre libros–, alimentando mi
curiosidad sobre los árboles, pensando que volvía a mi vieja
obsesión sin saber la razón de la misma, llegó a mi rescate el
marinero desdentado.
Puede resultar irónico que hable de rescate, si digo que cuando
conocí a mi salvador él estaba perdido en una borrachera descomunal,
al fondo de un bar de mala muerte en la Isla de los Pepinos. Yo
había ido hasta allí para ver los árboles que se acuestan para
dormir, pero el encuentro con ese hombre cambió mis intenciones y mi
vida.
Esta historia no sería esta historia si yo no hubiera entrado a
ese lugar, si no hubiera fijado mi atención en las sonoras
carcajadas, en la paradoja de su dentadura blanquísima y
perfecta.
Al principio mi interés radicaba en esos dientes que exhibía con
estruendo y orgullo. Me resultaba extraño que todos en aquel sitio
lo conocieran como el marinero desdentado. Yo lo miraba desde la
barra, presidiendo su mesa, dueño absoluto de todas las historias. A
veces la embriaguez lo vencía y pegaba la frente a la mesa y
roncaba, pero volvía a la carga y yo esperaba a que dejara salir sus
risotadas para ver si faltaba al menos una de las treinta y dos
piezas. Pero no faltaba nada.
En ese asombro estaba cuando lo vi poner su pierna de palo sobre
la mesa y decir orgulloso: "Está hecha con madera del país de los
árboles locos, un sitio del que sólo regresan unos pocos".
Siento que pasó una eternidad antes de que yo pudiera ser
consciente de lo que había escuchado. Entendí que era la
confirmación que buscaba desde que me fui de Princeton.
Dos personas hablando de lo mismo lo hacían real. Era real
entonces el sitio de la tierra donde mi vida entera tendría
claridad. Busqué la manera de integrarme a la charla, esperé a que
el marinero desdentado volviera a despertar, aproveché su sueño para
mirar de reojo la extraña turbiedad de la madera de su pierna. Supe
que por más que lo intentara, jamás conseguiría imaginar la manera
como ese lugar me daría respuestas.
El marinero desdentado alzó la cara, pero se veía tan borracho
que parecía difícil que siguiera hablando. Algunos se levantaron y
se fueron en busca de otras diversiones. Ocupé una butaca a su lado
y le dije: "Disculpe, señor. Quiero saber un poco más del país que
ha mencionado".
"¿País?", dijo él. "¿De qué país hablas? Deliras, muchacho".
"Hablo del país de los árboles locos".
"¿De qué?", dijo el marinero desdentado con los ojos perdidos,
alzando las cejas, tratando con ese movimiento de tener el rostro en
alto.
"Del país de los árboles locos", insistí, paciente, convencido de
que no sería fácil, pero también de que no había otra alternativa
que esperarlo, procurar que saliera de su bruma de licor.
El marinero dejó caer la frente sobre la mesa y empezó a roncar.
Me sentí desconsolado. El mundo me pareció un lugar
exageradamente grande, mi soledad exageradamente triste y la vida,
una cosa demasiado absurda para poder justificarla.
Ahora sólo estábamos los dos en esa mesa. Decidí que lo sacaría
de ese lugar y que procuraría devolverle la sobriedad. Cuando logré
pasar un brazo suyo por mi espalda y levantarlo, el dueño del local
vino a cobrarme todo lo que se había consumido en esa mesa desde
hacía tres semanas, y tuve que pagarle.