Su última palabra fue silencio*

 

Por Ramiro de la Espriella

 

La editorial Lealon, de Medellín, ha editado el libro de cuentos Su última palabra fue silencio, de Gustavo Arango, un periodista que vela sus armas en El Universal de Cartagena.
 

Estos escritores jóvenes de ahora, con muchas más resonancias internas y por eso mismo menos visibles, penetran en el ser psicológico de sus personajes y nos los entregan mucho más allá del sofá de Freud, en un diálogo del comportamiento humano de la vida cotidiana. Esa que por permanente casi no se ve y aparece apenas en sus rasgos vívidos en la recreación de sus intérpretes. Es el caso manifiesto de Gustavo Arango, que no cuenta cuentos, va mucho más allá: estremece el anonimato de la vida diaria, nos enseña lo que interiormente sabemos, pero casi nunca queremos o nos atrevemos a adivinar.
 

La creación literaria entre nosotros desbordó hace mucho tiempo el costumbrismo, se fue paradojalmente más lejos, quedándose en la presencia del ser humano, sus contradicciones, el silencio de unas vidas hechas hacia adentro, cuyo comportamiento no trasciende más allá de su propios seres. El creador debe entonces entender que la riqueza que busca está contenida, toda, en el silencio anímico de esos seres en apariencia intrascendentes que lo rodean o simplemente observados desde la distancia de la imaginación.
Eso sucede con el libro de cuentos de Gustavo Arango, hecho de soledad y de silencio, tan hondo y penetrante. Desde su primer cuento, que sirve de título a la selección, hasta el de la niña –niña de nueve años que ya es capaz en su angustia de pensar que “el dolor es más soportable que el temor”.
 

Desaparecidos los ismos de nuesta literatura, y probablemente también pueda decirse que las generaciones, porque lo que ahora crea y recrea es el ser contemporáneo, son tantos nuestros grandes escritores que ya no es posible señalarlos con el dedo y decir, Jorge Isaacs y María, José Eustacio Rivera y La vorágine. El unigénito debe venir consagrado desde afuera en tanto los demás están tentados a sufrir el anonimato de sus propios personajes, un día exhumados por la memoria de los tiempos.
 

En Escapar, el personaje se pregunta si en su prisa por partir no se habrá ido solo, quedándose donde estaba, despojado de su propio despojo. Y la tragedia de Peldaños, cuando surge de pronto el instinto de matar, apenas viendo alejarse en la distancia borrosa el cuerpo de la víctima. El viaje es la reiteración del tiempo que se va en la mansedumbre fatal: el uno pregunta si el tiempo depende de la manera como se ocupe, y cuando se insiste en preguntarle como transcurre más rápido, se limita a afirmar: “Hablando”, pensando no, “puede ser eterno”. Para concluir: “El paso de las cosas más cercanas no deja ver la distancia”.
 

El periodista Douglas Fairbanks en busca de un buzón donde depositar su manuscrito reencarna y revive a todos los creadores anónimos en busca de un editor. Pirandello puso a sus personajes  a buscar un autor y se encontró el mismo. Mucho más grave entre nosotros, y acaso en todo el mundo, la angustia de los escritores jóvenes, habrá casos en que no encontrarán jamás el buzón.
 

El diálogo entre Agustín Heredia y la tía Carola, sentada eternamente en la mecedora, revela en su penumbra el poder evocador del silencio, como va pasando la vida y se devora ella misma. La tía Carola dice que cuando niña le gustaba escribir, pero le gustaba aun más borrar, borrar lo escrito y así: escribiendo y borrando, su suprema elación consistía en ver las páginas en blanco, “limpias, sin arrugas, sin huellas de palabras”. Otra vez el silencio...
Son cuentos cortos, excepción hecha de Las manos en la sombra y El viaje, hechos en silencio, así como su última palabra.
 

Hubo una época en Colombia que alcanzó aún a García Márquez, en que los suplementos literarios tenían por misión principal la de dar a conocer los valores desconocidos augurados de buena suerte, una especie de escrutinio de la inteligencia hacia el futuro, un vaticinio.
Después de leer este libro habrá que seguir de cerca la trayectoria de Gustavo Arango.
 

El Espectador, diciembre 5 de 1994.

 

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