El milagro del recuerdo*
Por Antonio Silvera Arenas
“Abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres”.
Cuan falsa es la cotidiana idea de que sobre determinados asuntos no hay nada más que decir.
Cuántos proyectos e ideas interesantes se diluyen anticipadamente en el polvo del tiempo porque algún sabihondo o presuntuoso coloca sobre ellos lápidas y epitafios como: “es un tema agotador”, “no hay nada que decir del respeto”.
Y qué falsas suenan esas frases sobre todo cuando se trata de obras y autores literarios. Para esos esnobs de la literatura estudiar el Quijote, traducir a un poeta fallecido hace menos de 30 años o escribir un soneto resulta absurdo en este tiempo. Piensan que el mundo y la humanidad nacieron con ellos y que la espiral del tiempo se detuvo y se desvaneció en el pequeño punto que construye su existencia.
Ya Walter Benjamin, en el llamado periodo de entreguerras, se refería a esos nuevos bárbaros que pretenden destruir su herencia y que para adquirir el efímero boleto de lo nuevo son capaces de entregar todo. El desolado paisaje de The Waste Land, ¿qué otra cosa es sino el resultado de ese suicidio del hombre moderno? Pues ese poeta esta constituido por fragmentos de un rompecabezas cuyas piezas principales se extraviaron en algún lugar del pasado.
A esos sabihondos de la literatura, si es que todavía les queda alguna humildad para atender ciertos inextinguibles ecos del pasado, les recomiendo que asomen sus narices por una pequeña ventana abierta a un aire que, a pesar de provenir del pasado, resulta más revitalizador que el ambiente enrarecido de nuestra cultura contemporánea: esa ventana es el libro un Ramo de nomeolvides.
El joven periodista y narrador Gustavo Arango se encargó de hurgar en el archivo de El Universal de Cartagena y encontró extraordinariamente tesoros diseminados entre las ediciones de mayo de 1948 y diciembre de 1949. De allí surgieron preciosas pistas que lo llevaron a entrevistar a varios ancianos reconocidos u olvidados, quienes en aquel tiempo, como el nombre de la flor de nomeolvides, dejaron impresas sus palabras y vivencias juveniles en aquel diario.
A partir de estos datos, el escritor antioqueño logró reconstruir el espacio y el tiempo en el que comenzó a adquirir forma el universo poético de Gabriel García Márquez. Durante esos dos años, vividos con la intensidad, el vigor y la honestidad propios de la adolescencia, García Márquez escucho, leyó y grabó en su memoria las voces de sus compañeros y de todo cuanto acontecía a su alrededor. No de otra manera pueden explicarse las transmutaciones que luego reconoceríamos en sus obras. Él mismo ha dicho alguna vez que “la literatura es una transposición poética de la realidad”. Y después de conocer el ámbito y los testimonios de aquel tiempo, ¿cómo no confirmar el sentido de esa frase cuando, por ejemplo, en el relato de Carlos Alemán uno de sus amigos de aquel periódico encontramos la historia que el poeta Oscar Delgado contara sobre el fallido intento de su padre por presentarle el hielo en una caja de madera, que al abrir sólo guardaba aserrín mojado? O, después de conocer la persona solitaria del maestro Clemente Manuel Zabala ¿cómo no ver en Florentino Ariza una transposición poética de aquel? ¿O en el mago Aben-El-Kady y en el domador Razzore, ciertos jirones de la personalidad de Melquiades?
Ciertamente, hasta la más extraordinaria literatura tiene su fuente primaria en la realidad. Pero acaso la vida de un hombre pervive en la memoria sólo como literatura, como leyenda. Porque el recuerdo, envuelto en la neblina del pasado, sólo dejaba percibir algunos contornos ciertos y el resto lo construye la propia imaginación.
Toda vida humana, por el milagro del recuerdo, tiene mucho de leyenda. Acaso, también, porque en la memoria incluso los hechos más dolorosos y trágicos, como aquel cadáver descubierto por un perro famélico en un barrio miserable de la Cartagena del 49, puede convertirse en la bella forma de una adolescencia poseída por el demonio del amor y la soledad.
Gracias a Gustavo Arango por reconstruir, con su estilo directo, ameno y franco, aquellos momentos en los que se fraguaron los orígenes de tantas obras bellas.
* Revista Número, Noviembre 1996.