Sobre Criatura perdida*
Por Rómulo Bustos Aguirre
Algo que
salta a la vista en este reciente trabajo de Gustavo Arango es que no es un
texto que se entregue fácil. Su fragmentación y ambivalencia ponen
exigencias al lector, que comenzará desde la primera página a internarse en
un mundo movedizo, en permanente declive y
disolución.
Tal vez la clave de ello (y uno de los aspectos más seductores de esta novela) esté en el hecho de que hacen simultánea presencia en sus páginas dos elementos que están en los extremos de la evolución del género épico a la novela, según ha sido analizado por algunos estudiosos: el viaje del héroe por el mundo para explorarlo y transformarlo y la imposibilidad de este viaje, es decir: la parálisis del héroe (su imposibilidad anímica), baste pensar en la obra de Kafka; el resultado es, si se quiere, una novela de aventuras imaginarias que se despliegan a través del mecanismo de una ilusoria conversación; el clima de vértigo queda de manifiesto cuando el lector descubre que ni siquiera hay “viaje” de la palabra, pues hablante y oyente, de algún modo son el mismo ser en dos instancias temporales, siendo que recíprocamente una es invención de la otra.
A través de esta vertiginosa confesión el personaje construye/reconstruye su vida constituida por una serie de ovillamientos y de desovillamientos, de contracciones y expansiones en una suerte de parábola de la derrota y el fracaso de toda vida humana en que se hace inevitable evocar al maestro del horror existencial: Juan Carlos Onetti.
Esa especie de agujero negro que dibuja la novela a este nivel que hemos señalado es una expresión de una de las ambiguas obsesiones del personaje: la fascinación y el terror de lo abismal: la nada o el enigma final, su imposible o posible solución; en este sentido resulta muy signifi-cativo el pasaje siguiente:
“ —¿Entraste en la gruta? Eric pensó en confesar lo que había significado para él ese reducto que lo acogió en el momento de mayor estupor. Hubiera querido ser capaz de explicar esa mezcla de consuelo y de horror que le inspiró cuando el instinto lo obligó a guarecerse en lo profundo, acurrucado contra el musgo y el fango, bañado todavía con sus aguas. Acobardado por el resplandor de esa noche incomprensible, por la insistencia rutinaria de un mar que se negaba a devolverle el recuerdo de sí mismo [...] ( p.124)
Una vez más el mar como imagen del abismo, de la nada y la disolución, pero también contenedor de todas las claves y avaro de las mismas, aquí lo tenemos: “Un mar que se negaba a devolverle el recuerdo de sí mismo”. La amnesia que padece el personaje (Wenceslao Triana o Smith o Eric, pues se trata de avatares de un mismo ser) adquiere aquí un valor significativo: más allá de su referencia patológica quiere ser una imagen de la ignorancia, del desconocimiento esencial, del triunfo del enigma que permanecerá violento y huidizo; entonces a falta del recuerdo esencial se construyen recuerdos pasados o futuros, siempre fantasmales, vicarios, en una especie de ironización de la teoría platónica del conocimiento como recuerdo. Pero qué es lo que “mueve” a este personaje, que instiga sus sucesivas —o tal vez se trata de una continua y única— muertes y resurrecciones, qué impulsa sus “viajes” abandonando sus refugios temporales, sus “casas”, sus máscaras, siempre con su perro fiel: la maleta cargada de escritos y naderías. Ya lo dijimos: el recuerdo de sí, la explicación, el origen, de allí la búsqueda del padre como pretexto de sus “movimientos”; pero también, simultáneamente, la búsqueda de la mujer. Una mujer que poco a poco va siendo recordada, es decir inventada, a partir de una obsesión o un sueño ajeno. ¿Qué clase de mujer es esta?, una mujer que al parecer muere de agua, en una bañera o acaso en el mar, una mujer que en algún momento la describe el personaje como alguien “cuya belleza anula otra forma de belleza”, y el narrador como “una mujer que estaba hecha de muchas mujeres muertas”.
En la página final el personaje se apresta a su más reciente huida con su insobornable maleta, es un paisaje crepuscular, de agua, flotando en una frágil canoa y entonces el diálogo o monólogo con la mujer inasible, buscada; algo de compasivo y materno en las únicas palabras que parecen provenir de ella: “No has tenido un buen día”, y luego la placidez y promesa de la línea final: “Cuando cayó la noche, el sol aún brillaba detrás de sus párpados”.
Toda la concurrencia de este simbolismo parece apuntar a la imagen de que la mujer buscada y ¿finalmente hallada?, es la muerte misma; la nada, el abismo, ahora esplendente y benévolo, acompañándolo, como una bella parca, como la poesía misma, a lo que tal vez sea su último viaje. Estaríamos así ante un viejo tópico romántico incorporado a una obra de clara textura existencial.
Toda esta imaginería tiene como escenario el Caribe, el mar, el acantilado, la atmósfera de salitre y calcinación, los símbolos de estatismo y derrota que propicia: “Sed./La sed infinita del mar./ Desierto de sal mimetizada que tortura mi garganta./ Agua desmesurada en la que me consumo, me calcino me disuelvo./ Lento, insistente y voraz, el sol quema mis quemaduras, hurga la piel sangrante con sus astillas de fuego hasta la ceguera a través de la traslúcida cortina de mis párpados”, escribe en alguno de sus cuadernos el protagonista.
En esta novela Gustavo Arango ha tirado su red en nuestra geografía y la ha extraído plena de imágenes para la construcción de una sombría, compasiva y lúcida reflexión sobre la enigmática aventura del hombre sobre la tierra.
*Texto leído durante la presentación del libro en la Casa Museo Rafael Núñez de Cartagena (Mayo de 2000). Posteriormente publicado en el suplemento literario del diario El Universal, de Cartagena.