Un ramo de nomeolvides*
Por Manuel Zapata Olivella
Las relaciones intertextuales d elos distintos generos literarios han sido tema inagotable en la critica universal. No sólo de críticos, ya que los propios autores, cuando examinan su obra abundan en dudas acerca de los hilos utilizados por la urdimbre. ¿Poesía, relato, periodismo, novela, ensayo, cuento, drama? Nada paradójico ni misterioso, porque la aguja que va y viene en la lanzadera es una e insustituible: ¡la palabra!
Quiero recordar al gran Gabo, por tratarse de un personaje atrapado en el recuerdo, crónica, historia, testimonio, critica o relato o como quiera llamarse el libro: “Un ramo de nomeolvides”, entretejido por Gustavo Arango, sobre los personajes y fantasmas que habitaron las galeras de El Universal durante los años 1948 y 1949, en la vieja casona de la Calle San Juan de Dios, frente a la celda de San Pedro Claver y la comandancia militar.
Valgan estas palabras para comprender mis apuros al abordar el presente comentario. Comencemos por lo que queda de la fruición varios meses después de haber degustado sus páginas. La noche fue corta y la luz de la madrugada intrusa me anuncio el fin. Cerrado el texto comenzó la incertidumbre sobre las trampas utilizadas por el autor para amarrarme a la lectura intemporal.
Digamos que no es una obra crítica, pues cada trazo para captar los personajes los deja allí, desnudos, para que el lector juzgue. La fisonomía, el gesto, la mirada, el talento, la imaginación, lo propio y lo ajeno. El dibujo de un momento aparentemente intrascendente, pero que enmojona uno de los mas trascendentales episodios de las letras cartageneras y de la literatura universal.
Digamos por qué. Esa década en Colombia, mas allá de lo periodístico, constituye un claroscuro de caminos, desangre y primavera. Y en ese “Ramo de nomeolvides”, en el dramático intento de no sepultar la memoria de lo que acontecía en el país, esta lo prodigioso del relato. Gustavo Arango, desde el rincón de un periódico donde confluían diariamente un maestro que no pretendió serlo nunca y un grupo de jóvenes aprendices de la mejor literatura, entre la paquidérmica Remington, las letras de plomo y el linotipo que maravillaba más por sus movimientos frankestenianos que por sus lingotes impresores. Atentos a las noticias que llegaban en los telegramas retrasados por el vuelo de las emisoras y el grito de la ultima tragedia embadurnado con sangre fresca.
He aquí el recuento de este historiador que nos sumerge en la cotidianidad de unos ‘periodistas’ amenazados de muerte, cuyo crimen no necesitaba de fiscales, ni jueces, bastaba el cuerpo del presunto delito: el artículo. No es de extrañar que abundaran los seudónimos, metáforas, citas de autores extranjeros, crónicas sobre filmes policíacos, caricaturas de dictadores foráneos o fabulados, encubridores de asesinos de carne y hueso.
En esa aula de la prensa amordazada, un hombre pequeño, océano de erudición, detrás de sus gafas de carey, no dejaba pasar un solo párrafo sin calibrar el vocablo o la frase lapidaria que pudiera comprometer no el estilo literario sino la vida de sus juveniles colaboradores. Y a pesar de ello, se le escapaban algunos ‘gazapos’ que condujeron a los bolillazos de algún polizonte y a los calabozos por orden de un ‘Edipo Alcalde’.
Si toda esa épica se hubiera reducido a un sainete policiaco, tendríamos en los editoriales y crónicas de El Universal, a mediado de siglo, la crónica de un drama nacional que aun no concluye. Sin embargo, “Un ramo de nomeolvides”, día a día, nos cuenta otra historia, la génesis de un movimiento literario cuya eclosión universal seria ratificada por un premio Nóbel. También se han tejido muchas novelas alrededor de este gran acontecimiento. Por ello el libro de Gustavo Arango tiene al mismo tiempo el valor de un testimonio esclarecedor. Sin proponérselo, valido de una acuciosa búsqueda de documentos, reportajes, anécdotas y confrontaciones, nos presenta un calidoscopio de escritores y talentos literarios, todos en embrión, germinando en el pequeño jardín de un autodidacta campesino, insomne lector y crítico de cuanto atrapaban sus manos, en el recinto amurallado de Cartagena de Indias. Aquí, hace cerca de quinientos años comenzó a cuajarse el protoplasma del hombre americano. Un gigante con muchos cerebros, pero una sola savia nutricia: el borbollón de sangres mestizas.
Brasil, Caribe, Andes, Pampas, Pacifico, más conocidos por sus escritores que por sus verdugos y libertadores. Neruda, Borges, García (M), Amado, Paz, Carpentier, Vargas (Ll), etc., con sus pioneros a lo largo de nuestra cultura.
Es posible que nos obnubilemos con las apreciaciones comarcanas, y tal vez ello también se deba al “Ramo de nomeolvides”, pero lo cierto es que la guarida de pistoleros de El Universal es clave para comprender cual fue la dinámica de su ajetreo literario, donde confluyeron los libros y las ideas de cuanto se escribía en América y en la Europa colonizadora.
Lo testimonio Gustavo Arango, y este ocasional visitante de esa madriguera.
*Publicado en el suplemento Dominical, de El Universal (1996).